
Julio Cortázar decía que la muerte puede estar a la vuelta de la esquina, y tiene una buena parte de razón. Pero Julio Cortázar no caminaba por Valparaíso, donde puedes encontrar no solo la muerte, sino además un sinúmero de situaciones aún más inexplicables para la psique humana. Y no sólo a la vuelta de la esquina, sino también en en algo tan absurdo como lo es la puerta de un tren.
Son escasos los momentos de la vida en que una situación cotidiana como pocas se convierte en un instante en que tu conciencia se expande y percibes las energías flotando y moviéndose en el ambiente, y más escasos los momentos en que sientes que estás compartiendo esa experiencia con más personas, y mucho más escasos cuando a esas personas ni las conoces, ni las has visto antes, ni las verás después. Para mí, el "regalo" ha sido que esta experiencia se haya debido en gran medida a algo que amo en lo más profundo de mi ser, que es la música.
Estación Francia, Metro Valparaíso, mediodía de un Sábado, de vuelta a Viña del Mar... todo normal, el mundo funcionando como siempre, las personas dormidas creyendo que están despiertas como siempre, el tren a la hora exacta en un recorrido que hasta un físico cuántico podría calificar de previsible y exacto. Nada fuera de lo común, hasta que la puerta se abre.
No hay de qué asustarse. Nadie se topó con la muerte; tan solo con un pobre viejo que -cosa inédita en el nuevo servicio de tren de la ciudad- tocaba su violín apoyado en un tubo. El estuche en el suelo, el pañuelo y el cartel Por la música, los ojos ansiosos e hiperkinéticos observando a cada persona que entraba, el grueso y largo abrigo pese al calor. Más allá un tipo cargando una maqueta del Buque Escuela Esmeralda del tamaño de un niño, unos turistas alemanes hablando en su idioma, una mujer de rasgos chinos y un cúmulo de anónimos pasajeros. Mi hermana y yo somos de esos. El tren avanza y luego pasa una promotora vendiendo diarios, rompiendo con su voz las notas del violín del viejo que, pese al bamboleo del tren, logra mantener esa afinación al nivel justo para que todas las cuerdas vibren. Por un momento, pienso que sólo falta una vieja llevando cabras o gallinas. Se respira un aire muy diferente a la atmósfera que a diario se respira en esos pulcros vagones, relucientes y brillantes.
Para mi hermana y yo es casi inevitable dejar algunas monedas a quien toca música con dignidad. Estoy en ese acto cuando se escucha la risueña voz grabada de la mujer que anuncia las estaciones. "Estación barón", dice esta vez. Siempre he pensado que la voz de ella es feliz, como si estuviese alegre de comunicarle a los cansados pasajeros que han llegado a su destino sin novedad. Ese contraste fue el click que me despertó de golpe: en contraste con la bailarina voz, la tristeza infinita del violín. Las fallas en el fraseo, el temblor de la afinación causado por el bamboleo de los vagones, desaparecieron ante un mensaje que venía de más allá. Cada sonido, cada cambio de arco, cada cambio de posición, comunicaba a quien quisiera captarlo la enorme tristeza que esa vida contenía. La timidez de la melodía que le impedía ser alegre cuando las notas lo pedían a gritos, la pasión de las notas graves, la melancolía de cada final de frase... era una tristeza tan sencilla, tan profunda a la vez, que al cabo de unos minutos ya causaba efecto en varios pasajeros. Cayeron más monedas, todos entraron en silencio.
El viejo hizo honor a su blanca tez y enormes ojos claros, diciéndoles unas palabras en alemán a los turistas, que le respondieron con su desdén característico. La promotora pasaba de vuelta, pregonando el matutino, el tipo del barco mostraba orgulloso su maqueta a los turistas, que volvieron a responder con desdén. Cayeron más monedas en el pañuelo, depositadas por personas que sentían algo, con ojos que reflejaban haber recordado penas enterradas, familiares muertos o viejos amores, alguna desgracia financiera o la desaparición de una mascota. Estación de Viña del Mar, momento de abandonar el tren. Pasajeros van, pasajeros vienen, entran, salen, el tren avanza.
Y el viejo continúa narrándole al mundo la profunda herida de su alma, tras las puertas de metal.

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